PUERTO PRINCIPE.-El 12 de enero de 2010 un terremoto de 7 grados en la escala de Richter dejó la capital de Haití bajo los escombros, con un saldo de más de 200.000 muertos.
La infraestructura del gobierno central y los gobiernos locales quedó completamente colapsada. El artículo sostiene que las verdaderas causas del desastre no deben buscarse en el movimiento sísmico sino en las condiciones socioeconómicas extremas, las aglomeraciones urbanas, los estilos precarios de construcción, la degradación ambiental, la debilidad del Estado y las presiones internacionales.

En suma, en la histórica exclusión y pobreza. Por eso, además de la necesaria solidaridad, América Latina debe aprender las lecciones que deja la catástrofe de Haití.
Más de 200.000 personas perdieron la vida y más de dos millones quedaron en la calle. El centro de comando de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (Minustah) también colapsó, dejando sin cabeza a la fuerza de militares de múltiples banderas que operaba en el país con la intención de mantener la Paz.
Por aquel entonces se estimó que los muertos eran 200.000 sin contar las víctimas que habían quedado enterradas bajo los escombros ni a las que las familias habían dado sepultura por su cuenta y riesgo. Y todo esto en un país de nueve millones de habitantes.

El presidente, René Préval, vio cómo el Palacio de Gobierno, para muchos emblema de la añorada belleza que un día tuvo la ciudad, se hundía de repente. El primer ministro, Jean-Max Bellerive, salió a recorrer la ciudad para evaluar el daño subido a un mototaxi, con el que fue a buscar a los funcionarios del gobierno para iniciar las tareas de coordinación de la crisis.
El Palacio de los Ministros colapsó, las oficinas de la Protección Civil quedaron inservibles y su personal fue privado de los mínimos medios de coordinación, igual que los alcaldes de las comunas afectadas y los responsables locales de defensa civil.

Por la hora del sismo (se produjo poco antes de las cinco de la tarde), una gran cantidad de funcionarios importantes se encontraba aún en sus oficinas de modo tal que muchos perdieron la vida.
Por entonces, la comunidad internacional tardó en reaccionar para ayudar de forma coordinada a los haitianos. El temblor fue tan fuerte y su capacidad de destrucción tan expansiva que dos días después de la tragedia los aeropuertos aún seguían cerrados, lo que provocó que el país caribeño permaneciera aislado del resto del mundo.
Analistas señalan que el verdadero desastre en Haití no fue el movimiento sísmico, algo que por ejemplo se produjo nuevamente en 2021. Aseguraron entonces que la catástrofe son los dos millones de personas que deambulaban por las plazas y calles y que vivían en espacios precarios superpoblados, con escasos medios de protección contra la intemperie. Y el medio millón de desplazados internos, que no se sabía adónde y en qué condiciones estaban. El desastre que acompañó el sismo en Haití, reafirman, es una población mayoritariamente pobre que luego del temblor arrasador se encontraba en las peores condiciones de inseguridad, condiciones que antes del sismo caracterizaban sobre todo las zonas de exclusión más violenta de los asentamientos precarios.
En enero de 2010 miles de personas que pugnaban por alejarse de esa realidad espantosa fueron sumidas, por el terremoto en la marginalización extrema, la insalubridad y la intemperie. Tocaron el fondo del fondo.

El sufrimiento de la gente, las muertes y la situación de incertidumbre de la población que padecía hambre centraron toda la atención por aquellos días de luto y desesperación en Haití.
Hubo tres imágenes que sorprendieron a los testigos que estuvieron allí en enero de 2010. Y que se convirtieron en símbolos de lo sucedido hace 16 años.
El Palacio Nacional de Haití, sede del gobierno central, que durante décadas fue considerado un símbolo arquitectónico y político de la nación, sufrió en 2010 su tercera gran destrucción. El edificio, que ya había sido arrasado en 1869 y luego dañado en 1912 por un atentado con explosivos, quedó reducido a escombros tras el sismo. Las imágenes aéreas de la residencia presidencial colapsada recorrieron el mundo, mostrando no solo la fragilidad de las estructuras en la ciudad de Puerto Príncipe, sino también el impacto directo sobre el propio corazón del Estado haitiano.

Otra imagen que sintetizó el drama haitiano fue la de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, el templo católico más importante del país. El sismo derrumbó casi por completo la estructura, construida a finales del siglo XIX. Solo algunos pilares y parte de la fachada resistieron el impacto; las cúpulas y el techo, así como la cruz principal, se desplomaron en cuestión de segundos. La catedral, ubicada en el corazón de la capital, había sido escenario de episodios clave en la historia del país, como la caída de Jean-Claude Duvalier y el famoso sermón del sacerdote Jean-Bertrand Aristide en 1990, quien luego se convertiría en el primer presidente electo democráticamente en la historia de Haití.
La tercera imagen, presente en cada rincón de la capital y de las principales ciudades, fue la de las carpas y refugios improvisados. Tras el terremoto, al menos un millón y medio de personas perdieron su vivienda en cuestión de horas. Las plazas públicas, avenidas y cualquier espacio libre fueron ocupados por campamentos de emergencia, que se multiplicaron ante la falta de alternativas.
De acuerdo con la Organización Internacional de las Migraciones, una década más tarde más de 32.000 personas continuaban viviendo en carpas y quedaban 22 campamentos en funcionamiento en Puerto Príncipe. La precariedad de esos asentamientos dio lugar a nuevas tragedias: epidemias, como la del cólera, provocaron la muerte de al menos 10.000 personas en los años posteriores al sismo, y se multiplicaron los casos de violencia, abuso y drogadicción.

La cooperación internacional aportó cientos de millones de USD para responder a la emergencia. Solo Estados Unidos destinó aproximadamente 4.400 millones de dólares en ayuda, de los cuales al menos 1.000 millones se dirigieron a asistencia humanitaria inmediata. Por su parte, Naciones Unidas canalizó otros 10.000 millones de dólares en donaciones, pero la magnitud de la tragedia y la complejidad de la reconstrucción superaron las previsiones iniciales. Las pérdidas económicas directas se estimaron en más de 7.900 millones de dólares.
Haití nunca pudo recuperarse de una situación que se agravó con el sismo de 2010. Sigue sumida en la pobreza y la desigualdad.


