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Nueva York

Un síndico al servicio de la infancia

Por Milagros de Féliz

Memoria agradecida de una ciudad

Esta historia es tan especial como aquella donación que, en una ocasión decisiva, recibieron los muchachos trabajadores de Acción Callejera. La protagoniza un síndico que amó de verdad a la niñez y que, como gestor de ciudad, asumió como propia la responsabilidad de garantizar los derechos de la niñez.

—¿De qué comunidad provienen la mayoría de los niños trabajadores?

Recuerdo esa pregunta como si fuera hoy. La formuló en medio de la algarabía de una fiesta navideña, rodeado de muchachos con la esperanza escrita en el rostro, con una inquietud genuina de quien quería comprender para actuar.

Corría el año 2006 y José Enrique Sued Sem era el síndico de Santiago. Asistía sin falta a las celebraciones organizadas para los niños que hacían vida en las calles. Llegaba con sonrisa abierta y manos dispuestas, sin cámaras, sin séquitos ni discursos ensayados. Se mezclaba con ellos con naturalidad, escuchaba, preguntaba y observaba sus urgencias.

Quería entender ese mundo invisible para muchos, esa otra humanidad que la ciudad suele esquivar.

Aquella mañana le explicamos que una parte importante de la población que deambulaba en las calles provenía del Hoyo de Elías, en la Yagüita de Pastor. Allí, don Marino Morel Ochoa había cedido generosamente varios miles de metros de terreno para levantar un centro comunitario que ayudara a prevenir que más niños y niñas terminaran en los semáforos y en las calles del centro histórico.

Con la prontitud de quien decide sin dilaciones, anunció que el centro que la niñez necesitaba sería una realidad. Y lo fue. Desde entonces, miles de niños y niñas y sus familias, han visto garantizado su derecho a una educación digna y a un acompañamiento integral.

El centro fue concebido con una visión amplia y protectora de los derechos de la infancia, con áreas de estimulación temprana, salud, alimentación, educación desde el nivel preprimario, recreación, atención psicosocial, aulas educativas, espacios para animadores y orientadores, salón multiuso, un amplio salón de conferencias y áreas adecuadas para trabajar con las familias. Todo fue pensado para cuidar, formar y sostener a una población que, por ser parte de la ciudad, merecía acompañamiento y protección.

Estos espacios han permitido el desarrollo ordenado y seguro de programas educativos y comunitarios, ajustados a las necesidades reales de la zona. Es una obra que evitó que muchos niños llegaran a las calles y todavía permite que miles estudiaran donde antes solo se sobrevivía.

Recuerdo también que doña Benny Sued Sem, su hermana, asumió con delicadeza y esmero la ornamentación del lugar, aportando belleza y dignidad a un espacio destinado a quienes más lo merecían. Mi reconocimiento a esta mujer que, en silencio, acompañó con su trabajo las acciones de un síndico que entendió la política como servicio.

Hoy, la niñez que pasó por ese centro, la que aprendió a leer, a jugar, a confiar, guarda una deuda invisible pero profunda con este hombre de bien. Esa deuda se transforma en gratitud viva cada vez que un niño permanece en la escuela, cada vez que una familia encuentra apoyo, cada vez que la ciudad elige cuidar a su infancia.

En esa memoria compartida, José Enrique Sued Sem sigue presente, cumpliendo, aun después del tiempo, su promesa más noble: servir a la infancia como acto de justicia muchachos así recuerdan.

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