NUEVA YORK.-Por ser quien era, delincuente a los diez años, carne de reformatorio a los catorce, asesino por encargo de la mafia neoyorquina cuando joven, presidiario temprano, consejero de uno de los jefes de las cinco familias mafiosas de New York, amo absoluto, después, de esa misma familia y uno de los tipos más sanguinarios de la segunda y violenta “edad de oro” de la mafia, ya entrados los años 70 del siglo pasado, Carmine Galante jamás leyó nada escrito por don Félix Lope de Vega y Carpio, ni por ninguno de los otros grandes poetas y escritores del Siglo de Oro español.
Galante no conocía Fuenteovejuna. Ni el pueblo, si es que existió, ni el drama histórico en el que Lope relató en 1619 la ejecución de un comendador tiránico, despótico y crudelísimo en aquella aldea imaginada; cuando los investigadores exigen saber quién mató al comendador, todo el pueblo contesta: “Fuenteovejuna, señor”. Una parábola precisa de la reacción que provoca la injusticia desmedida y el poder insensato.
La mafia de New York tampoco había leído a Lope en los años 70, ni en lo que iba del siglo XX y es dudoso que lo haya hecho en lo que va del siglo XXI, pero tenía sí su Fuenteovejuna en casa. La llamaban “La Comisión”, una especie de Corte Suprema de Justicia del hampa que autorizaba asesinatos, “contrataba” a los asesinos, vigilaba las ejecuciones y callaba para siempre. ¿Quién fue? La Comisión, señor; Fuenteovejuna. Eso fue lo que condenó a Galante, quien se sintió poderoso e intocable hasta el mediodía del 12 de julio de 1979, cuando un “contrato” avalado por la “Comisión” acabó con su vida.
De Galante quedó nada; su aporte a la historia, si es que hubo alguno, fue la grotesca y aterradora imagen de su asesinato, caído al pie de una mesa, después de un almuerzo, bañado en sangre, con un disparo en el ojo izquierdo, uno de los tantos que acabaron con su vida, con un rictus corporal que desnudaba un intento de defensa, o de asombro, o de incredulidad, la mano derecha en la cintura, la mano izquierda alzada, cerca de la cabeza que reposaba en una silla caída; y un cigarro apretado entre los dientes por el rigor mortis. A Galante le decían “El cigarro”. Fumaba muchos, fumaba siempre.
Nadie mejor que un conocedor para definir a Galante. Un antiguo detective neoyorquino, Ralph Salerno, también de raíces italianas, dijo una vez del jefe mafioso: “De todos los gánsteres que he conocido personalmente, y en todos mis años he conocido a docenas de ellos, sólo había dos que, cuando los miraba a los ojos, pensaba que no me gustaría que se enojaran conmigo. Uno era Aniello Dellacroce, y el otro era Carmine Galante. Tenían ojos malos; ojos de asesinos. Podías ver lo aterradores que eran, tenían la mirada gélida de un asesino”. Por venir de un experto, la definición está a un paso del elogio, de la fascinación por el mal, algo así como Hannah Arendt con Adolf Eichmann; sin embargo, lo de Salerno es pasmo, apostasía, alerta: hay ojos malos.

Carmine Galante había nacido el 21 de febrero de 1910, hace ciento dieciséis años —no es una fecha para evocar— en un edificio de viviendas pobres del East Harlem de New York, una zona delimitada entonces, y acaso hoy en día, por la calle 96 Este al sur, por el río Harlem y la calle 142 Este al norte, por la Quinta Avenida al oeste, al borde del Central Park y por el East River al este. Hoy, en ese barrio predomina una fuerte comunidad latina, pero entonces era un típico barrio italiano. Sus padres habían llegado desde Castellammare del Golfo, Sicilia, cuatro años antes del nacimiento de Carmine.
La vida de Galante no se resume en una biografía: es un prontuario. A los diez años cayó en un reformatorio porque era un pequeño delincuente que, luego, formó su propia pandilla juvenil de la que fue jefe y miembro muy activo: tenía quince años y le había dicho adiós al colegio para siempre. Enseguida se vinculó a la mafia en los años iniciales de la Ley Seca, la norma que prohibía la fabricación, destilado, venta y consumo de alcohol, que derivó en un gran negocio ilegal del que la mafia sacó muy buen provecho. El 12 de diciembre de 1925, a sus quince años y diez meses, se declaró culpable de agresión y un año después fue condenado a dos años y medio de cárcel.
Con el tiempo, sus delitos se hicieron más graves: en agosto de 1930 —tenía veinte años— fue arrestado por el asesinato de un oficial de policía durante un robo. Pero nunca fue acusado del crimen, que enigmas y misterios judiciales se cuecen en todos los fuegos. Ese mismo año, un oficial de la policía de New York, Joseph Meenahan, sorprendió a Galante y a su banda cuando intentaban capturar un camión en Williamsburg, Brooklyn; Galante hirió en el tiroteo a Meenahan y a un chico de seis años, ambos sobrevivieron, y el 8 de febrero de 1931, a punto de cumplir veintiún años, fue condenado a doce años y medio de cárcel. Salió en libertad condicional el 1 de mayo de 1939 y en 1940 ya era el encargado de ejecutar los asesinatos por encargo para el capo mafioso Vito Genovese, subjefe de la familia de Lucky Luciano, que estaba en la cárcel. La policía sospechó que, para entonces, Galante había participado en más de ochenta asesinatos. Es de esos días desde donde llega la leyenda de sus “ojos malos” que prevenían a los investigadores y hacían temer a los propios mafiosos.
En 1943, el año en el que los aliados decidieron invadir Sicilia y el Ejército estadounidense pidió ayuda al mafioso Luciano para que les alivianara la logística en la isla a invadir, Galante asesinó a Carlo Tresca, el editor de un periódico antifascista de New York. Fue un pedido de Genovese, que vivía en Italia, y quería congraciarse con Benito Mussolini, ya en pendiente hacia su desgracia. No deja de ser curioso que un sector de la mafia apoyara a Mussolini, mientras Luciano facilitaba la invasión aliada a Italia que tenía como misión acabar con el fascismo aliado de Hitler. Genovese firmó el “contrato” para liquidar a Tresca y el 11 de enero de 1943 Galante lo baleó cuando salía de las oficinas de su periódico en Manhattan. Fue detenido como sospechoso, pero nunca se presentaron cargos de asesinato contra él, ni contra nadie. Pero como el mafioso había violado su libertad condicional, fue de nuevo a prisión: una nadería, quedó en libertad el 21 de diciembre de 1944.
En 1953 Galante se había incorporado a la familia de Joseph Bonanno, conocido también como “Joe Bananas”, que lo envió a Montreal para organizar el negocio de drogas y los casinos y garitos de la familia, que importaba heroína desde Francia a través de la “French Connection”, y la enviaba luego a Estados Unidos: el comercio reportaba unos cincuenta millones de dólares anuales, dólares de los años 50. En 1956 Canadá deportó a Galante, convertido ya en consigliere, consejero y mano derecha de Bonanno.

En octubre de 1957, Bonanno y Galante, junto a otros jefes mafiosos estadounidenses, se reunieron en Sicilia con una delegación de la mafia siciliana encabezada por Giuseppe “Genco” Russo y con Lucky Luciano, que por su ayuda a los aliados se había ganado la libertad en Estados Unidos y la deportación a Italia, desde donde seguía en el manejo del negocio de la droga. El gran acuerdo mafioso delimitó las zonas de distribución de narcóticos en Estados Unidos y decidió que jóvenes mafiosos sicilianos, conocidos como “Zips”, viajaran a Estados Unidos para trabajar como guardaespaldas, asesinos a sueldos de la mafia y narcotraficantes.
En 1958, Galante fue acusado de conspiración para el tráfico de drogas y pasó a la clandestinidad. Además de su fama de criminal, era reconocido también porque siempre apretaba un cigarro entre sus labios, lo que le ganó el apodo de “The Cigar” (“el Cigarro”), o “Lilo”, que es el término siciliano para el lujoso puro o el más modesto toscano. El 3 de junio de 1959 Galante fue detenido acusado de narcotráfico y pagó una fianza de cien mil dólares para salir en libertad hasta que se abriera el juicio. El 18 de mayo de 1960 fue acusado de un segundo cargo por tráfico de drogas, se entregó y fue enjuiciado el 21 de noviembre del mismo año.
Fue un proceso un poco agitado, enrarecido para decirlo de una manera piadosa: se caracterizó por jurados que renunciaban a sus cargos, suplentes que no querían asumir en lugar de los titulares que habían renunciado, ciertos gestos de los acusados que podían tomarse, y así se tomaron, como coercitivos hacia los testigos y hacia los jurados… en fin, cosas que pasan. Quien resistía todas las presiones era el presidente del jurado hasta que —estas cosas también pasan— una noche, no se sabe cómo, cayó por las escaleras de un edificio abandonado y, por sus heridas, no pudo continuar en el juicio. Por fin, el 15 de mayo de 1961 el juez anuló todo el proceso. Recién el 10 de julio de 1962, Galante fue hallado culpable del segundo de los cargos por tráfico de drogas y condenado a veinte años de prisión.
En 1964, Bonanno conspiró para eliminar a los jefes de las otras cuatro familias mafiosas de New York, tal vez el molde de las escenas finales de El Padrino, y desató una guerra que se conoció como la “Guerra de las Bananas”, en la que salió derrotado y fueron destrozadas sus esperanzas de nombrar sucesor a su hijo. Un libro memorable escrito por Gay Talese, Honrarás a tu padre, retrata con rigor y hasta con fascinación aquellos años.
Desde la cárcel, Galante se sintió heredero del imperio Bonanno en desgracia; estaba desde hacía años enfrentado a muerte con otro legendario jefe mafioso, Carlo Gambino, que era el único obstáculo —o Galante pensaba que era el último obstáculo— para que él trepara a lo más alto de la escala jerárquica de la mafia neoyorquina. Detrás de las rejas de la penitenciaría federal de Lewisburg, en Pensilvania, Galante resumía su estrategia a futuro con una frase elocuente: “Voy a hacer que Gambino se cague en medio de Times Square”.

Cuando salió en libertad en 1974, después de cumplir doce de los veinte años de condena, Galante entró de lleno a la guerra un tanto sorda y de vez en vez espectacular de las familias mafiosas de New York, y en su guerra personal contra Gambino, por entonces un enfermo cardíaco de cuidado. Gambino murió en su casa de Massapequa al amanecer del viernes 15 de octubre de 1976, después de haber visto por televisión un triunfo de los Yankees de New York en la liga americana de béisbol. Tenía setenta y cuatro años. De inmediato, Galante se plantó frente a las otras familias criminales para que lo apoyaran como jefe de la mafia, capo di tutti capi. También usó una frase elocuente en su desafío: “¿Quién de ustedes me va a enfrentar?” Lope de Vega le hubiera contestado: “Fuenteovejuna, señor”.
En 1978, un intento de encarcelarlo otra vez por violentar su libertad condicional tuvo poco vuelo; pero entre tanto, al menos ocho miembros de la familia Genovese cayeron asesinados en esos meses por sicarios de Galante que se disputaban el control de una millonaria red de narcotráfico. Para entonces, ya asomaban en el turbio mercado del crimen neoyorquino los carteles de la droga colombiana que desatarían una tempestad de fuego y muertes.
A modo del Cid, que ganaba batallas después de muerto, Carlo Gambino también selló un triunfo póstumo. Hasta su muerte había sido la cabeza visible de la “Comisión”, el organismo que decretaba y supervisaba las ejecuciones de la mafia, y fue la “Comisión” la que decidió que Galante debía ser asesinado. Le enrostraron tres cargos fundamentales: uno de ellos era más grave que los otros dos. La ambición y la codicia de Galante resultaron intolerables para la “Comisión” que veía cómo la fortuna del jefe mafioso crecía gracias a la heroína, mientras se negaba a compartir sus ganancias con las otras familias de New York. Lo acusaron también de despreciar a sus rivales y de asesinar a miembros de la familia Gambino y Genovese sólo para ampliar su propio territorio. Y, por último, le reprocharon, todo tácito, el haber importado de Sicilia a los “Zips” para que le sirvieran como custodia personal: la desconfianza de Galante hacia los mafiosos ítalo americanos fue una ofensa imposible de levantar.
El voto de la “Comisión” que decidió el asesinato de Galante fue unánime. Entre los que dieron el sí figuraban Philip “Rusty” Rastelli, jefe oficial de los Bonanno a quien Galante había dejado de lado, que dio el visto bueno desde la cárcel; la leyenda dice que el propio Bonanno dio luz verde al asesinato de quien había sido su lugarteniente en otra época. También aprobaron el asesinato Paul Castellano, de la familia Gambino, que sería asesinado en diciembre de 1985 frente al restaurante Sparks Steak House por sicarios de la familia que encabezaba John Gotti. Gotti había sido encumbrado por Aniello Dellacrocce, aquel otro mafioso de “ojos malos” que evocaba el policía Salerno, que también dio el sí para el asesinato de Galante. Algo más sobre Dellacrocce para bosquejar mejor su perfil: había sido un furioso rival de Galante, de manera que dio el sí a su asesinato de buen grado, y como asesino de la mafia solía vestir ropas de sacerdote para cometer sus crímenes: era conocido como “Padre O’Neill”. El asesinato de Galante se decidió durante una reunión de jefes mafiosos en Boca Ratón, Florida, convocada para decretar el destino de “El Cigarro”. También aprobaron su ejecución Jerry Carena, Santo Trafficante y Frank Tieri, el jefe de la familia Genovese y tal vez uno de los mayores impulsores del asesinato de Galante.

Carmine Galante no había leído a Lope de Vega pero no era un tonto. Tal vez presentía su asesinato por parte de la “Comisión”, porque era lo que él mismo hubiese aprobado si el candidato a ser matado hubiese sido otro. El 12 de julio de 1979 decidió ir a almorzar al “Joe and Mary – Italian American Restaurant”, en el 205 de Knickerbocker Avenue, en el barrio de Bushwick, Brooklyn. Era territorio seguro: el dueño era su primo, Joseph Turano, que estaba a punto de viajar a Italia. Alrededor de la mesa, instalada en el patio trasero del restaurante, se sentaron junto a Galante y a Turano, Leonard Capolla, uno de los jefes de la familia Bonanno, y los dos fidelísimos guardaespaldas de Galante, Cesare Bonventre y Baldassare “Baldo” Amato, dos “Zips” sicilianos en los que Galante descansaba con total confianza.
A las tres menos cuarto, durante la sobremesa adornada con motivos florales y los restos del almuerzo —panes, un bol con algo de ensalada de lechuga y tomates, una jarra de vino a medio vaciar— Galante encendió uno de sus famosos cigarros. Fue entonces cuando entraron tres pistoleros, cubiertas las caras con máscaras para esquiar, y armados con escopetas y pistolas calibre cuarenta y cinco. Empezaron a disparar tras el grito de uno de ellos: “Agárralo, Sal”, o algo parecido. El primero de los disparos, un escopetazo, alcanzó a Galante en la parte superior del pecho y lo hizo volar hacia atrás, todavía sentado en su silla, mientras caían sobre él más balazos de pistola: uno de ellos entró por su ojo izquierdo. Galante murió en el acto. También murió de inmediato Capolla, que fue ejecutado de un solo disparo en la cabeza.
Turano, dueño del “Joe And Mary”, agonizó en el piso y murió luego, en la ambulancia que lo llevaba al hospital Wyckoff Heights. Dos balas perdidas hirieron al hijo de Turano, John, de diecisiete años, que sobrevivió.
Luego, los asesinos atravesaron a la carrera el salón principal del restaurante y se perdieron en la calle. Los dos guardaespaldas de Galante, Bonventre y Amato no defendieron a su jefe. Por el contrario, se quedaron congelados en sus sillas; contra todo lo esperado en aquel infierno de balas, no fueron tocados por ninguna, ni siquiera rozados, y se marcharon poco después de que lo hicieran los asesinos. Más tarde hicieron un descargo infantil: dijeron que estaban desarmados, algo que era imposible de creer. Galante había sido traicionado por sus dos “Zips” sicilianos de máxima confianza. Fuenteovejuna.
Al día siguiente, The New York Times reveló: “La policía afirmó que el asesinato se llevó a cabo con rapidez y precisión. Según un relato, dos hombres usaron una limusina Cadillac negra para bloquear el tránsito en la cercana calle Jefferson, aparentemente para asegurar una huida sin problemas, mientras otros cinco delincuentes se detuvieron frente al restaurante en uno o dos autos, descritos de diversas maneras como un Mercury azul y un auto gris de último modelo. El inspector adjunto, Martin Hayes, dijo que tres hombres armados entraron al restaurante mientras otros dos se quedaron en la puerta principal, vigilando y apuntando con sus armas a los peatones”.

Los dos hombres que traicionaron a Galante tuvieron destinos diversos. Césare “The Tall Guy” (“el Grandote”) Bonventre fue ascendido a caporegime, capitán, de la familia Bonanno. En pocos años ganó una fortuna y se tornó un poquito arrogante, lo suficiente para molestar a la nueva jerarquía mafiosa. En 1984, cinco años después de la muerte de Galante, fue asesinado.
Su cuerpo fue hallado descuartizado, dentro de dos tambores de doscientos litros, en un almacén abandonado de New Jersey. Baldassare “Baldo” Amato también tuvo su ascenso, pero quedó marcado para siempre por el viejo axioma de la mafia: “Quien traiciona una vez, traiciona dos veces”. Nunca nadie volvió a confiar en “Baldo”. En 2006 fue condenado a cadena perpetua por el asesinato en 1992 de Sebastiano Di Falco y de Robert Perrino, miembro de la familia Bonanno. Di Falco era dueño de un restaurante del que se hizo cargo Amato y Perrino estaba relacionado con el reparto del New York Post y había llenado la plantilla del periódico con decenas de “ñoquis” de la familia Bonano. “Baldo” Amato purga aún su condena a perpetua. Tiene setenta y cuatro años.
La foto policial de Carmine Galante muerto con el cigarro en la boca, en medio de un charco de sangre y del desparramo de un último almuerzo en una mesa que se suponía de confianza, se hizo famosa porque no solo remedaba las fotos de los antiguos asesinatos mafiosos en las batallas callejeras de los años 50, sino que demostraba que la “Comisión”, mantenía su vigencia y su inapelable poder de decisión. La Fuenteovejuna de Lope de Vega.
Pero mafia y Siglo de Oro español no se llevan.


