SANTO DOMINGO.- En los últimos días, en la capital dominicana ha sido constante un sonido retumbante que combina ollas, calderos y cucharones, volviendo a apoderarse de las noches del gran Santo Domingo, luego de que la artista urbana Melymel convocara, a través de sus redes sociales, a una jornada diaria de cacerolazos a las 8:00 de la noche, iniciada el pasado lunes 6 de julio.
Los cacerolazos, método de protesta pacífico que consiste en golpear una cacerola (olla) o caldero contra un objeto contuso, por lo general un utensilio de cocina como una cuchara, tomaron protagonismo en el país a partir de 2020; sin embargo, es un mecanismo bastante longevo usado en países de Suramérica y Europa.
Aunque muchos lo asocian a movimientos recientes, el cacerolazo es una manifestación con antecedentes que, según el historiadores como Emmanuel Fureix, se remontan a 1830 en Francia, cuando se golpeaban utensilios de cocina por las noches para incomodar a la clase política.
No obstante, en esta parte del hemisferio, Chile fue el país, donde este método adquirió la identidad con la que se conoce hoy, ya que el 2 de diciembre de 1971, miles de mujeres, en su mayoría de sectores acomodados, marcharon por Santiago (Capital Chile) golpeando ollas vacías en rechazo al gobierno de Salvador Allende, en la llamada Marcha de las Cacerolas Vacías.

Aquella jornada denunciaba la escasez de productos básicos y dio origen, meses después, a la agrupación opositora Poder Femenino. Tras el golpe de Estado de 1973, el mismo instrumento fue retomado por sectores que se oponían a la dictadura de Augusto Pinochet, transformándose así en símbolo de resistencia pacífica.
De Chile al resto de América Latina
Con los años, el ruido de las cacerolas dejó de ser exclusivo del «país de los poetas» y se replicó en distintas naciones como forma de descontento ciudadano.
Dentro de la lista de países figura Uruguay donde se empleó entre 1973 y 1985, durante su propia dictadura militar, mientras que Argentina vivió algunos de los cacerolazos más recordados durante la crisis de 2001 y 2002, que culminó con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.

Venezuela retomó la práctica desde 2013 en medio de su crisis política, Ecuador la usó en 2019 contra medidas de austeridad y Chile volvió a convertirla en protagonista ese mismo año, durante las protestas por el alza del pasaje del Metro de Santiago.
El cacerolazo en el país
En República Dominicana, este método ha tenido apariciones esporádicas en momentos de tensión social, un escenario en el que Melymel ya había sido una de las figuras visibles durante las protestas de la Plaza de la Bandera en 2020, surgidas tras la suspensión de las elecciones municipales de ese año.

En 2024, los cacerolazos volvieron a replicarse de manera sostenida en sectores de clase media, constituyendo un factor de presión que llevó al Poder Ejecutivo a retirar del Congreso una propuesta de reforma fiscal que buscaba implementar entonces.
El motivo detrás del llamado
La cantante, cuyo nombre de pila es Melony Redondo, impulsó la protesta en rechazo a la llamada “Ley Mordaza”, a la reforma fiscal y al plan anticrisis del Gobierno, además de exigir la destitución de la ministra de Interior y Policía, Faride Raful.
El detonante inmediato fue la muerte del joven Darling Emmanuel Mercado Pérez, de 18 años, en un hecho que involucra a un agente de la Policía Nacional y que generó indignación entre ciudadanos y dirigentes políticos de distintos sectores.

“Cuando se escuchen los cacerolazos a nivel nacional, quedará claro que estamos listos para la fase 2: salir pa’ la calle”, expresó la artista en sus redes, mientras adelantó que también se prepara un paro nacional antes de agosto.
¿Qué ha logrado hasta ahora?
Al cierre de esta nota, las jornadas se mantienen por tercer día consecutivo en sectores como Mirador Sur, Bella Vista, Naco, El Millón, Evaristo Morales y Arroyo Hondo, con participación registrada también en Santo Domingo Este, Norte y Oeste.
Especialistas coinciden en que el cacerolazo ha sobrevivido al paso del tiempo porque no requiere organización compleja ni grandes recursos, ya que cualquier persona puede sumarse desde su hogar utilizando utensilios cotidianos.
Su vigencia, más de cinco décadas después de consolidarse en la región, confirma que el ruido de una olla sigue siendo, para muchos, una forma legítima de hacerse escuchar.


