PREÁMBULO
Durante generaciones, el campo dominicano se movió al ritmo del mulo, el burro y el caballo.
Aquellos animales no eran solo medios de transporte, ya que representaban trabajo, paciencia, identidad campesina y una forma de vida ligada a la prudencia y al contacto humano.
En las lomas, los caminos vecinales y las comunidades apartadas, el paso lento de una bestia marcaba el tiempo de la producción agrícola y de la convivencia social.
El campo dominicano tenía su orden.
El mulo era la élite: caro, fuerte, el 4×4 de la loma que cruzaba ríos y bajaba el café sin quejarse.
El burro era del pobre: sufrido, fiel, el que cargaba el agua y al campesino con los pies en el suelo.
El caballo era del patrón, del hombre de respeto, el que galopaba en la fiesta patronal.
Cada animal tenía su lugar. Cada uno enseñaba prudencia. Ninguno mataba por gusto.
Los gobiernos enterraron el campo. Sin caminos, sin futuro, sin ayuda, el hombre de la tierra se quedó solo. Viejos cansados e hijos sin tierra hicieron lo único que pudieron, sacar al mulo, al burro y al caballo del batey y meter la motocicleta.

Con la llegada masiva de la motocicleta, especialmente desde finales del siglo XX, esa cultura comenzó a desaparecer.
La moto sustituyó al caballo como símbolo de movilidad popular. Era más rápida, más barata que un automóvil y capaz de entrar por cualquier camino rural.
Para miles de familias pobres, se convirtió en herramienta de trabajo, taxi improvisado, transporte familiar y símbolo de progreso inmediato.
Pero el cambio ha tenido un costo enorme.
Nos dijeron que era el futuro. Que la moto era progreso. El resultado está en la morgue todos los días.
• Sustituimos la élite del mulo por calibradores sin ley.
• Sustituimos la pobreza digna del burro por asaltantes en motores.
• Sustituimos la tradición del caballo por jóvenes drogados y borrachos haciendo carreras.
El mulo no chocaba de frente. El burro no huía después de un atraco. El caballo no moría haciendo piruetas en la avenida. La motocicleta hace las tres cosas antes del mediodía.
Cambiamos animales que daban vida por una máquina que reparte muerte. Ese fue el trueque. Y el país se desangra en cada calle, en cada barrio, en cada campo por culpa de esa anarquía sobre dos ruedas.

EL ABANDONO DEL CAMPO Y LA LLEGADA DE LA MOTO CHINA
El campesino no dejó el mulo por gusto. Lo dejó por necesidad. Lo dejó porque el gobierno lo dejó primero.
1. El campo sin dolientes
Durante décadas, los gobiernos de turno miraron a Santo Domingo y le dieron la espalda a la loma. Sin caminos vecinales, el plátano se pudría en la finca. Sin crédito agrícola, el conuco se volvió potrero. Sin hospitales rurales, la gente moría de parto o de una picada. El joven vio a su padre partirse el lomo por nada y dijo: «Yo no».
La ciudad prometía luz, moto y dinero rápido. El campo solo ofrecía sol, fango y olvido.
2. La invasión silenciosa: la moto barata
Mientras el mulo valía una fortuna y el caballo era un lujo, la motocicleta china llegó por chele. Cuotas de 500 pesos semanales, sin inicial, sin licencia, sin garantía. El dealer te la ponía en la puerta. El banco no te daba para una vaca, pero la financiera te soltaba una CG 125 en 10 minutos.
El viejo vendió el burro para dar el inicial. El joven empeñó la herencia para la primera cuota. En menos de 20 años, el mulo, el burro y el caballo desaparecieron del paisaje. En su lugar, millones de motores sin placa, sin luz, sin freno.
3. Del conuco al motoconcho
El campesino que antes sembraba ahora carga pasajeros. El que cuidaba animales ahora calibra en la esquina. La motocicleta no solo sustituyó al animal de carga: sustituyó el oficio, la cultura y la prudencia.
El animal conocía el peligro y se detenía. La moto no piensa, solo obedece al imprudente que la maneja. Cambiamos un ser vivo que protegía, por una máquina que mata sin preguntar.
4. El resultado: anarquía importada
La moto no vino con manual de convivencia. Vino sin ley. Sin educación vial, sin casco, sin respeto, el dominicano la convirtió en extensión de su desespero. Es transporte, es ambulancia, es discoteca, es arma.
Y nadie puso orden. DIGESETT cobra, no educa. La Policía usa motores, no los controla. El Intrant registra, no regula.
El campo se vació de animales nobles y se llenó de motores. La ciudad se llenó de campesinos sin tierra pero con acelerador en la mano. Y el país entero se volvió una pista de muerte.
CIFRAS DE SANGRE Y LA FRONTERA MUTILADA
1. República Dominicana lidera la muerte sobre ruedas.
La OMS y la OPS llevan años diciendo lo mismo: el país es campeón de muertes viales en América. Más de 3,000 dominicanos mueren al año en el asfalto, y el 70% va en una motocicleta. Eso es un muerto cada 3 horas. Un velorio diario en cada provincia. La DIGESETT reporta más de 65,000 accidentes al año, pero todos sabemos que la cifra real es mayor porque en el campo ni se reportan. Cada motor sin placa es una estadística fantasma esperando convertirse en tragedia.
2. Los hospitales: quebrados por la imprudencia.
El Ney Arias Lora, el Darío Contreras, el Marcelino Vélez: sus presupuestos se van en clavos, placas y tornillos para armar cuerpos destrozados. Más del 60% de las camas de trauma están ocupadas por motoristas. Choques por borracheras de fin de semana, caídas por calibrar drogado, huesos rotos en asaltos. Se gasta más en atender un calibrador que en parir un niño. El sistema de salud colapsó, no por enfermedad, sino por anarquía vial. La moto quebró al Estado antes que al que la maneja.
3. La frontera: tierra de cojos y mochos.
Baja a las lejanas y pequeñas comunidades fronterizas y verás la verdad que no sale en la prensa. En Elías Piña, en Jimaní, en Pedernales, no hay un día sin accidente fatal. Son pueblos pequeños, pero la moto llegó antes que el agua potable. Las pocas familias que quedan por allá no están completas: todas tienen un mocho, un cojo o un sin piernas sentado en la galería. Mutilados en accidentes provocados por borrachos que bajan de la loma sin freno, por jóvenes drogados calibrando en la única calle asfaltada, por haitianos sin papeles ni formación vial que ahora hacen de motoconcho sin saber distinguir derecha de izquierda. Allá la moto no es progreso: es la silla de ruedas que te espera.
4. El costo humano que nadie cuenta.
En esas comunidades olvidadas, el mulo, el burro y el caballo mantenían al hombre de pie. La moto lo dejó en el suelo. Un padre sin pierna no puede trabajar el conuco. Un hijo mocho no carga agua. Una familia con un inválido es una familia condenada a la miseria. Sustituimos animales que daban sustento por una máquina que fabrica lisiados. Y el Estado no llega ni con una muleta. La anarquía no solo mata: deja vivos que envidian a los muertos.


