El Canal de la Mona sigue cobrando vidas y las yolas continúan navegando hacia Puerto Rico

No es una tragedia nueva ni un episodio aislado: desde las costas del Este dominicano continúan partiendo embarcaciones clandestinas cargadas de sueños, desesperación y muerte, mientras una lucrativa industria ilegal convierte la necesidad de cientos de dominicanos y haitianos en un negocio millonario.

 

Miches – Higüey – La Romana 

El Canal de la Mona se ha convertido en una especie de cementerio marítimo de los pobres: hombres, mujeres y jóvenes que, empujados por la desesperación y seducidos por el espejismo de una vida mejor en Puerto Rico, entregan sus ahorros, venden sus bienes o se endeudan para comprar un pasaje en una frágil yola que puede convertirse en su último viaje.

La tragedia más reciente, ocurrida en septiembre de 2026, volvió a recordar una verdad que ya no sorprende a nadie: las yolas siguen saliendo y el negocio de la muerte continúa funcionando.

El Canal de la Mona volvió a teñirse de sangre. Pero esta vez no se trata simplemente de contar muertos, desaparecidos y sobrevivientes.

Se trata de preguntarnos por qué, después de tantas tragedias, las yolas siguen saliendo.

Se trata de saber quién las construye, quién las financia, quién recluta a los pasajeros, quién suministra los motores, quién vende el combustible, quién cobra por el viaje y, sobre todo, quién permite que este negocio continúe.

Porque aquí no estamos hablando de un pescador aventurero que decidió desafiar el mar.

Estamos hablando de un negocio.

Una industria clandestina que se alimenta de la desesperación de quienes creen que al otro lado del Canal de la Mona encontrarán la vida que no pudieron construir aquí.

Y mientras ellos compran un sueño, otros hacen millones.

La tragedia más reciente ocurrió la noche del 28 de septiembre de 2026, cuando una yola con 62 personas a bordo, entre dominicanos y haitianos, naufragó cerca de Isla de Mona, Puerto Rico. El saldo fue desgarrador: 49 personas rescatadas con vida, tres muertos recuperados —uno con heridas de machete— y 10 dominicanos desaparecidos, según las informaciones citadas en este reportaje.

  • Pero septiembre pasó.
  • Las lágrimas se secaron.
  • Las familias siguen esperando respuestas.
  • Y las yolas, aparentemente, siguen navegando.
  • Ese es el verdadero problema.

No estamos frente a una noticia pasajera. Estamos frente a un fenómeno que se repite.

 

Una empresa montada sobre la desesperación

Lejos quedó la imagen romántica del hombre que se lanza al mar buscando fortuna.

Hoy existe una estructura mucho más compleja: inversionistas, reclutadores, constructores de embarcaciones clandestinas, propietarios de motores, proveedores de combustible y capitanes que cobran miles de dólares por cada travesía.

La matemática resulta escalofriante.

Sesenta pasajeros pagando entre US$7,000 y US$10,000 por cabeza representan entre US$420,000 y US$600,000 en una sola travesía.

Para unos es la posibilidad de cambiar de vida.

Para otros, un negocio.

Y para algunos, simplemente un boleto hacia la muerte.

Miches, Higüey y La Romana: el corredor de las yolas

Miches aparece recurrentemente en el mapa de estas travesías.

Higüey representa otro punto importante de la actividad, mientras La Romana y Bayahíbe forman parte de la infraestructura logística que permite movilizar motores, combustible y otros recursos necesarios para las embarcaciones.

  • Cuando se aprieta la vigilancia en una zona, los organizadores buscan otra.
  • Cuando la Armada aumenta la presión en Miches, cambian de ruta.
  • Cuando se vigila Samaná, buscan Baní.
  • El negocio se adapta.
  • El mar sigue abierto.
¿Y quién protege a los que organizan el negocio?

Aquí aparece la pregunta incómoda.

  • ¿Quién financia?
  • ¿Quién recluta?
  • ¿Quién construye?
  • ¿Quién proporciona combustible?
  • ¿Quién permite que una embarcación cargada de personas salga de madrugada sin que nadie la detenga?

Y, cuando son apresados los responsables, ¿qué ocurre después?

Las comunidades del Este han denunciado durante años la existencia de mecanismos de corrupción y protección alrededor de estas operaciones.

Si esas denuncias son ciertas, entonces el problema no termina en el mar.

Comienza en tierra.

El mismo mar, otros cargamentos

Y hay otro elemento que tampoco puede ignorarse.

Las rutas utilizadas para transportar personas ilegalmente también pueden ser aprovechadas para movilizar drogas y otras mercancías ilícitas.

El caso de Punta Salinas, en Baní, donde la DNCD y la Armada han ocupado cargamentos importantes de cocaína, vuelve a colocar sobre la mesa la necesidad de investigar si existen conexiones entre las redes dedicadas al tráfico de personas y las estructuras del narcotráfico.

No necesariamente se trata de la misma organización.

Pero sí de rutas, logística y contactos que pueden coincidir.

Y eso merece ser investigado.

El espejismo que vende la mafia

¿Qué lleva a un joven a pagar miles de dólares para meterse en una yola?

El espejismo.

El primo que llegó a Puerto Rico y aparece en Facebook con cadenas de oro, ropa costosa, tenis de marca y una camioneta alquilada.

  • Lo que no publica son los seis que duermen en una habitación.
  • Tampoco las largas jornadas de trabajo.
  • Ni la incertidumbre de vivir escondido.
  • Ni el miedo a ser deportado.
  • La fotografía bonita vende.
  • La realidad no.

Y ese espejismo se ha convertido en una de las mejores herramientas de propaganda para quienes organizan los viajes.

Mientras unos sueñan, otros hacen millones

Mientras República Dominicana habla de crecimiento económico y de grandes indicadores nacionales, en determinados barrios de Miches, Villa Hermosa, La Romana, Higüey y otros lugares la realidad puede ser muy diferente.

Allí la desesperación puede crecer más rápido que las oportunidades.

Y cuando una persona está desesperada, aparece quien le vende una salida.

  • Aunque esa salida tenga forma de yola.
  • Aunque el destino sea el Canal de la Mona.
  • Aunque el boleto pueda costarle la vida.

Por eso el naufragio de septiembre de 2026 no debe archivarse como una noticia más.

Debe servir para volver a preguntar:

  • ¿Hasta cuándo seguirán saliendo las yolas?
  • ¿Hasta cuándo continuarán muriendo dominicanos y haitianos en el Canal de la Mona?
  • ¿Y hasta cuándo quienes organizan este lucrativo negocio continuarán operando desde tierra mientras otros mueren en el mar?

El Canal de la Mona no es solamente una ruta marítima.

Para muchos desesperados, se ha convertido en la última apuesta.

Y para quienes lucran con esa desesperación, en una mina de oro.

Mientras haya quien pague por un sueño y quien cobre por venderlo, las yolas seguirán saliendo. Y el Canal de la Mona seguirá cobrando vidas.

Trafican con todo

Desde las costas del Este de la República Dominicana hasta la isla de Puerto Rico no solo se mueve el lucrativo negocio de los viajes ilegales en yolas. Ese corredor marítimo también es señalado como una ruta utilizada para el trasiego clandestino de cargamentos de drogas, armas, dinero y hasta electrodomésticos.

Para los cargamentos de estupefacientes se emplean, además, lanchas rápidas, capaces de cubrir la distancia entre la costa de Miches y Puerto Rico en un tiempo estimado de entre seis y diez horas, dependiendo de la embarcación y las condiciones del mar.

Es decir, detrás de las yolas que transportan personas bajo riesgo de muerte existe un movimiento clandestino mucho más amplio, donde el Canal de la Mona aparece como una vía utilizada para transportar diferentes tipos de mercancías al margen de los controles oficiales.

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