Me conmocionó en el alma el video del Dr. Félix A. Cruz Jiminián presentando formalmente a la comunidad de República Dominicana y al mundo esa importante obra: el Hospital de la Dignidad.
Durante el acto del primer picazo en la Carretera Principal de Hato Nuevo, Manoguayabo, el Dr. Cruz Jiminián expuso:
«Hace más de 30 años tuve un sueño que hoy comienza a cumplirse. Un espacio para cuidar a aquellos pacientes que en su etapa terminal son enviados a sus casas. Queremos que vivan sus últimos días sin dolor, sin soledad y con la dignidad que merecen»._
Será un centro de cuidados paliativos para cuando «ya no hay nada más que hacer», con cabañas individuales con baño, sala para familiares, enfermería 24 horas, oxígeno y control del dolor.

Mantengo por más de 30 años acuerdos de trabajo en comunidades pobres del Sur, con asistencia humanitaria. Que hemos hecho grandiosas obras sociales de asistencia a familias pobres de la Región Sur durante décadas.
Dentro lleva un estetoscopio y medicamentos, pero también herramientas. Es parte de una manera de trabajar que no distingue demasiado entre la medicina y cualquier problema que pueda resolver con las manos. Durante su vida ha hecho de albañil, constructor, carpintero y jardinero de sus propios proyectos.

Se mueve con agilidad por las áreas de su centro médico en Cristo Rey. Entra en departamentos, llama empleados, se detiene frente a pacientes y explica cómo funciona cada servicio. Su presencia cambia por momentos el ambiente de los pasillos: algunos sonríen cuando lo ven y otros lo aplauden.

Son más de cuatro décadas de trabajo social que comenzaron en condiciones mucho más precarias: un pequeño espacio, una camilla fabricada por él mismo y el propósito de ofrecer consultas a personas que no podían pagarlas.
El proyecto creció hasta convertirse en el complejo médico que dirige actualmente y que él define como un centro de cuarto nivel por la variedad y complejidad de los servicios que ofrece. Su fundación, además, sostiene 17 programas sociales, cuatro ambulancias comunitarias, comedor, odontología, vacunación, atención de pacientes con tuberculosis, operativos médicos y cirugías gratuitas.
Cruz Jiminián contó que la clínica llegó a acumular compromisos superiores a 350 millones de pesos y estuvo embargada por una entidad bancaria.
«Eso llevó a la clínica a esta situación, de más de 350 millones de pesos«, recuerda.
Asegura que el centro ha conseguido superar esa etapa.
Las pérdidas las interpreta como parte del costo de una decisión que tomó hace décadas: atender a personas aun cuando no pudieran pagar.
Morir pobre
Cruz Jiminián explica el Hospital de la Dignidad a partir de escenas que asegura haber presenciado durante décadas de visitas médicas en barrios.
«¿Tú sabes lo que es conseguir un tanque de oxígeno? Una gente pobre no lo consigue», dice.
Describe pacientes acostados en camas improvisadas debajo de techos de zinc, con familiares llorando fuera de la vivienda; personas que no pueden orinar porque nadie puede colocarles una sonda y enfermos inmóviles que necesitan ser limpiados y cambiados constantemente, algunos con llagas en la espalda.
«El paciente con dolor desesperante, mortífero. No hay quien le ponga una solución«, relata.
«Para esos pacientes es el Hospital de la Dignidad«, precisa.
Menciona enfermos con cáncer terminal, accidentes cerebrovasculares irreversibles, cardiopatías avanzadas, enfermedades renales y fallos multiorgánicos.
Asegura que diariamente pacientes en esas condiciones son enviados a sus hogares.
«Todos los días aquí en este país despachan 15 a 20 pacientes«, afirma.
Aclara que no dispone de una estadística nacional y considera incluso que la cifra podría ser mayor.
Un sueño de hace 35 años
Cruz Jiminián asegura que piensa en un hospital de este tipo desde hace unos 35 años.
Sitúa uno de sus primeros reclamos públicos en 1995, cuando planteó la necesidad de construir dos centros: uno infantil y otro para personas con enfermedades terminales.
«Yo dije que había que hacer un hospital infantil y un hospital de enfermedades terminales«, cuenta.
El primero respondía a la falta de infraestructura pediátrica que observaba entonces. El segundo tenía otro propósito.
«Un hospital de enfermedades terminales, donde la gente pueda morir con dignidad«.
El proyecto no se concretó.
«Ese fue un sueño de hace 35 años. No pude realizarlo», dice.
Donó el terreno donde pensaba retirarse
Cruz Jiminián dispone de un terreno de 7,000 metros cuadrados que originalmente había reservado para pasar sus últimos años.
Cuenta que lo cercó poco a poco y participó personalmente en los trabajos durante los fines de semana.
«Yo mismo poniendo bloques, todos los domingos y los sábados cuando salía de acá», relata.
También sembró alrededor de 800 árboles frutales.
«Hacer un hoyo yo con mi mano. Los 800 árboles fueron sembrados con esta mano», manifiesta.
Ahora decidió destinar esa propiedad al Hospital de la Dignidad.
Los árboles formarán parte del entorno donde pretende que los pacientes puedan pasar sus últimos días acompañados de sus familiares.
Un donativo puso en marcha el proyecto
El impulso para comenzar, según relata, llegó con la visita de Felipe Ángel, a quien vincula con una institución estadounidense.
Cruz Jiminián se encontraba recuperándose de una neumonía y de la lesión en el hombro cuando le habló del proyecto que llevaba décadas imaginando.
«Me dijo: ´Yo te voy a enviar 100,000 dólares´. Yo pensaba que era mentira», recuerda.
Una semana después, asegura, recibió los primeros US$100,000. Posteriormente llegaron otros US$100,000.
«Es decir, que Felipe Ángel, de esa institución, ha mandado 200,000 dólares«, relata.
A esos recursos se sumaron aportes locales. Cruz Jiminián menciona una contribución de 100,000 pesos y varias de 500,000 pesos.
Calcula que, entre los US$200,000 y las donaciones realizadas en el país, dispone actualmente de algo más de 13 millones de pesos.
La primera etapa requiere RD$32 millones, por lo que todavía necesitaría alrededor de RD$19 millones.
«Ya se está trabajando«, asegura.
17 habitaciones para comenzar
La primera fase contempla 17 habitaciones separadas que Cruz Jiminián describe como pequeñas cabañas.
Cada una tendría espacio para el paciente, una pequeña sala destinada a sus familiares, cocina y patio.
«Para que el paciente muera con dignidad. Para que no pueda ver al que está al lado sufriendo y muriéndose», explica.
El complejo también necesitará comedor, lavandería, emergencia, áreas comunes, terraza, cisterna, suministro de agua, transformadores y otras infraestructuras.
Por eso los RD$32 millones calculados para la primera etapa no corresponden únicamente a las habitaciones, sino a la infraestructura inicial necesaria para poner el hospital en funcionamiento.
Cómo mantenerlo
Construir el hospital es solo una parte del desafío. Después habrá que financiar su funcionamiento.
Cruz Jiminián pretende buscar acuerdos con las administradoras de riesgos de salud para obtener una cobertura mínima por cada paciente atendido.
Calcula preliminarmente unos 25,000 pesos mensuales por habitación y también busca empresas, instituciones o particulares que las apadrinen de manera permanente.
«Instituciones que se comprometan a darnos 20 mil pesos por habitación para cuidar a nuestros pacientes«, explica.
Reconoce que esos recursos probablemente no cubrirán todos los costos.
«Hay muchos gastos: limpieza, detergente, energía, teléfono», enumera.
Su estrategia vuelve entonces a una habilidad que admite sin complejos: «Yo sé pedir«.
Cuando se le plantea si el proyecto podría tardar dos o tres años, interrumpe inmediatamente. «No. No». Su cálculo es mucho más corto. «Yo pienso en seis meses u ocho meses».Dependerá del dinero. «Voy a arañar por todos lados y voy a pedir. Y voy a pedir», afirma. A cambio exige transparencia. Promete publicar periódicamente cuánto dinero recibe y quién lo entrega.
«Todo el que dé un centavo aquí, yo lo voy a publicar semanal o quincenalmente», asegura. Dice que su intención es presentar al final una relación completa de las contribuciones.
«No voy a permitir que con esta obra nadie juegue con mis principios», sostiene. A los 74 años, habla de la construcción con sentido de urgencia.
No pretende levantarla para dirigir durante décadas otro gran centro médico. Quiere verla funcionar.
«Le pido a Dios que me dé salud para poder ver aunque sea el inicio de este hospital», apela.
Hace una pausa. «Por lo menos eso. Para yo irme tranquilo ya».
Después resume lo que representa el proyecto dentro de una vida dedicada a la medicina y al trabajo social:»Ese es mi último sueño». «Lo voy a hacer si Dios me lo permite. Lo voy a hacer. Ya lo estamos haciendo».
Espero que el hijo digno y fiel, Dr. Luis A. Cruz y ese brillante equipo de la Fundación Dr. Cruz Jiminián Inc., amplíen y lleven a cabo esos sueños y deseos de nuestro Ángel Félix Ant. Cruz Jiminián, el Médico de los Pobres, para que pacientes en etapa terminal pasen sus últimos días con decoro y dignidad.


