
Hay países que avanzan; otros giran en círculos. Y hay algunos —como la Venezuela secuestrada— donde los verdugos se reinventan con sonrisa pedagógica y pretenden pasar por benefactores. En ese país imaginario, que se parece demasiado al nuestro, ocurre algo singular: los espíritus del horror no mueren. Se mudan.
Cuenta la leyenda —una de esas que incomodan porque dicen verdades— que el alma oscura de Nereo Pacheco, aquel perpetrador de tormentos en La Rotunda durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, el que aplicaba a los presos políticos los infames “grilletes” y mezclaba los pútridos alimentos con vidrio molido, hoy, ese temido torturador de la era gomecista, encontró nuevo alojamiento. Y no vino solo. Le acompañan los espíritus afanosos de Pedro Estrada, el jefe policial del régimen de Marcos Pérez Jiménez, experto en persecución, encierro y miedo administrado. También deambula por ahí el espíritu de Eustoquio Gómez, pariente cercano del tirano Juan Vicente y el del mismísimo Miguel Silvio Sanz, ejecutor directo de las más brutales torturas a los presos políticos.
Todos, veteranos del espanto, habrían decidido —siempre según esta fábula— habitar los cuerpos de los hermanos que hoy reparten culpas, dictan sentencias morales y administran la crueldad con lenguaje burocrático. Otro cuerpo poseído es el de déspota Diosdado Cabello. No gobiernan solos: son inducidos. No mandan: obedecen a esos espíritus que, en la intimidad, conversan como viejos colegas orgullosos de su oficio.
Se los imagina riendo en privado de los estudiantes asesinados, no con carcajadas estridentes, sino con ese humor seco del verdugo satisfecho. Evocan con sorna el operativo que terminó con la vida del inspector Óscar Pérez, y repasan, con frialdad técnica, el calvario impuesto al capitán Juan Carlos Caguaripano. No por sadismo —se dicen— sino por “razones de Estado”. Esa frase que todo lo absuelve.
En esta versión invertida de la moral, los verdugos no solo no piden perdón: se autoproclaman los buenos. Los carceleros se presentan como pacificadores. Los responsables del miedo posan de estadistas. Y quienes han hecho del castigo un método pretenden ahora administrar clemencia, como si la justicia fuera una concesión graciosa y no un derecho.
La sátira duele porque se parece demasiado a la realidad. Venezuela no está habitada por fantasmas del pasado; está maniatada por prácticas que se niegan a morir. Cambian los nombres, los trajes y los discursos, pero la lógica es la misma: castigar primero, justificar después y, finalmente, exigir aplausos por una supuesta bondad.
Por eso esta historia no es de espíritus, sino de memoria. Y la memoria —a diferencia de los verdugos— no se deja poseer.
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