Venezolanos exigiendo la amnistía en Venezuela
Primero, el perfil político dominante ya «no es chavista, ni de izquierda ni socialista». La encuesta revela que una enorme mayoría de ciudadanos percibe que el chavismo está irremediablemente roto y desconectado de la realidad venezolana. Incluso quienes alguna vez lo apoyaron hoy sienten vergüenza y arrepentimiento de haberlo hecho. Este es un dato sociopolítico profundo: el chavismo no solo perdió adhesión, sino que sus votantes se sienten traicionados por la promesa de bienestar que nunca llegó.
Rechazo a Delcy Rodríguez

Segundo, existe un rechazo abrumador a que la actual fase, que nada tiene de transición, esté encabezada por Delcy Rodríguez. Más del 90 % de los encuestados objetan su liderazgo en este proceso y no confían en ella como figura rectora del cambio político. Este no es un detalle menor en términos de legitimidad: sin respaldo popular, cualquier proceso que pretenda llamarse democrático queda cuestionado de raíz.
Ese mismo rechazo se extiende a otras figuras del régimen que representan los hermanos Rodríguez. Nombres como Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez o Vladimir Padrino López aparecen con niveles de respaldo mínimos, rondando apenas el 3 % o menos. Ese rechazo no se anuncia en discursos académicos: está en la vida cotidiana de los venezolanos que sienten que las mismas figuras corresponsables de la tragedia que padecen quieren permanecer en la escena política sin haber ofrecido soluciones reales.
Tercero, cuando se les pregunta por opciones de liderazgo futuro, la respuesta es clara: votarían masivamente por María Corina Machado. Según Meganálisis, alrededor del 78 % de los venezolanos elegiría a Machado si las elecciones presidenciales se celebraran hoy. Ese apoyo no es casualidad ni producto de una moda pasajera: es la expresión de una esperanza colectiva en una alternativa que articule el cambio real y la unidad nacional. Los números son inapelables: la mayoría ve en María Corina Machado una opción de confianza, de reinstitucionalización del país y de reencuentro con la democracia. Es necesario que esa preferencia popular se traduzca en una ruta política que sea incluyente, sólida y capaz de articular voluntades en torno a un proyecto nacional fruto de una visión compartida.
Este respaldo popular tiene una lectura política poderosa: la ciudadanía no quiere más de lo mismo. Quiere líderes que encarnen una verdadera ruptura con las prácticas autoritarias del pasado y orienten el país hacia la reconstrucción institucional, económica y social. Si hay una conclusión que se impone, es esta: los venezolanos no quieren un reciclaje autoritario disfrazado de transición. Quieren cambio real, liderazgo creíble y representativo, y una perspectiva de futuro que no vuelva a repetir los errores del pasado.
Sentimientos contradictorios al papel de EE.UU.
Esa misma encuesta muestra que los venezolanos mantienen sentimientos contradictorios hacia el papel de Estados Unidos: agradecen el apoyo y la atención que ha puesto en Venezuela desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, pero también sienten que «el interés estadounidense está motivado más por el petróleo y por el oro que por la restauración plena de derechos y libertades en el país».
Esa percepción no es un arrebato: habla de la exigencia de soberanía y de una transición que sea venezolana antes que dirigida desde fuera a control remoto.
Sobre este tema en particular, estimo necesario informar a la ciudadanía la verdad, y la verdad es —como lo he explicado en anteriores entregas— que son muchos los países del mundo que quieren nuestro petróleo, pero se lo quieren llevar regalado, como ha venido ocurriendo en la relación oscura entre los regímenes de Venezuela y Cuba.
Con EE.UU. los venezolanos hemos tenido una relación comercial que involucra nuestro crudo por más de un siglo; además, es justo agregar que las amenazas representadas por el narcotráfico y el terrorismo son también motivaciones de mucho peso para que las instituciones, bajo el mando del presidente Donald Trump, procedieran a la captura del dictador Maduro el pasado 3 de enero.
La encuesta también registra que la difícil situación económica persiste y que la población considera que el salario mínimo debería ubicarse entre 200 y 400 dólares para recuperar cierto nivel de dignidad laboral.
Ese reclamo socioeconómico es inseparable de las aspiraciones políticas: sin una mejora sustancial en la calidad de vida, ninguna transición será sostenible. El más reciente reporte del Centro de Documentación y Análisis Social que emite la Federación Venezolana de Maestros revela que «la canasta de alimentos cerró el mes de enero en 677 dólares (equivalente a 223.465,95 bolívares)». El director de ese organismo,
Oscar Meza indicó que «el incremento mensual en bolívares fue de 19,4 %, mientras la variación anual en bolívares alcanzó un alarmante 681,1 %». Este mismo informe del CENDAS precisa que «el salario mínimo vigente solo cubre 0,05 % de la cesta». Se desprende de este análisis que «una familia necesita acumular 1.719 salarios mínimos para alimentarse durante un mes». ¡Qué catástrofe!
Un dato curioso pero revelador del pulso social es cómo incluso una afición deportiva se ha politizado: los fanáticos del equipo de béisbol Navegantes del Magallanes desaprueban la reciente visita de directivos y jugadores al régimen de Delcy Rodríguez, lo cual subraya que la ciudadanía no solo se pronuncia en las encuestas, sino que también expresa sus convicciones en su comportamiento social y cultural.
La política venezolana está en un momento decisivo. Las encuestas no son pronósticos inamovibles, pero sí radiografías del sentir ciudadano. Y esta última —la de Meganálisis— deja claro que los venezolanos piensan, en su mayoría, que no hay transición si el poder sigue controlado por los mismos actores de siempre. Y que, ante esa realidad, apuestan por un liderazgo que represente cambio, unidad y rumbo seguro.


