Si el niño venezolano…

Antonio Ledezma“Si la Virgen fuera andina y San José de los llanos, el Niño Jesús sería un niño venezolano”

Ese villancico de factura venezolana vuelve a mi memoria con la música de los años que se quedaron viviendo en el corazón. Lo cantábamos en mi adolescencia, cuando formaba parte de un grupo gaitero en mi tierra natal. Parecía una rareza: un muchacho guariqueño, criado entre el arpa, el cuatro y las maracas, entregado también al tambor y al furruco maracaibero. Pero Venezuela siempre ha sido eso: una patria capaz de reunir en una misma melodía la montaña andina, la llanura, el lago, el oriente y la costa.

La respuesta comienza por una verdad que conviene repetir: la piedra angular de cualquier nación no está en su petróleo, ni en su oro, ni en la vastedad de su territorio, sino en su gente. Y dentro de esa gente, los niños son la semilla de la que brotará la República del mañana. Por eso, el destino de Venezuela se decide cada mañana en el plato de comida y en el pupitre de cada escuela. No hay riqueza más preciosa, ni recurso más estratégico, que un niño bien nutrido y bien educado.

Pero antes del libro viene el alimento. Un niño que pasa hambre no puede aprender, ni soñar, ni crecer. La alimentación de la niñez no es un asunto secundario: es la condición primera de toda educación. Un desayuno escolar nutritivo, un almuerzo completo y el acceso a agua potable y a atención médica preventiva son la base sobre la cual se construye cualquier proyecto pedagógico. Ninguna política pública puede compensar el daño que la desnutrición causa en el cerebro en desarrollo de un niño. Por eso, garantizar alimentación y salud a cada niño venezolano no es caridad: es la inversión más rentable que una nación puede hacer.

Dominaría varios idiomas para dialogar con el mundo sin complejos ni intermediarios. Conocería la historia universal, las civilizaciones antiguas, las grandes conquistas de la ciencia, los errores que llevaron a los pueblos a la barbarie y las luchas que abrieron paso a la libertad. También conocería la verdadera historia de Venezuela: de dónde venimos, qué esfuerzos levantaron nuestra democracia, quiénes sembraron escuelas, carreteras, universidades, hospitales y oportunidades.

El niño venezolano leería y comprendería lo que lee. Escribiría con claridad. Resolvería problemas. Aprendería a razonar, a discernir y a defender sus ideas sin atropellar las ajenas. Sabría que la inteligencia se cultiva con disciplina, curiosidad y perseverancia. Descubriría que cada pregunta bien formulada puede abrir una puerta y que cada respuesta honesta lleva consigo una nueva responsabilidad.

El niño venezolano aprendería a emprender. Comprendería que la riqueza verdadera de una nación nace del trabajo creador de sus ciudadanos, de la innovación, de la honestidad y del esfuerzo compartido. Aprendería a convertir una idea en un proyecto, un proyecto en una empresa y una empresa en bienestar para su familia y su comunidad. Venezuela tiene tierras fértiles, agua, energía, talento humano y una geografía privilegiada. Su mayor reserva, sin embargo, está sentada cada mañana en los pupitres de nuestras escuelas.

La formación también incluiría las buenas costumbres, los buenos modales y el respeto al prójimo. Un país se engrandece cuando sus instituciones funcionan, cuando sus ciudadanos cumplen la ley y cuando cada persona reconoce en los demás la misma dignidad que reclama para sí. La libertad, los derechos humanos, la convivencia democrática y el sentido de responsabilidad deberían formar parte de la educación cotidiana, junto con las tablas de multiplicar y las fórmulas químicas.

Si el Niño Jesús pudiera ser venezolano en aquel villancico, cada niño venezolano debería poder crecer con la certeza de que esta patria le pertenece y lo espera. Venezuela necesita devolverles esa promesa: una escuela que enseñe, una mesa que alimente, una familia que abrace, una ciudad que proteja, instituciones que sirvan y un horizonte abierto para sus ilusiones.

Allí comienza la reconstrucción de la República: en la mirada de un niño bien nutrido, que aprende, crea, trabaja, respeta y sueña con una Venezuela a la altura de su esperanza.

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