Un fenómeno que sigue indetenible, desnudando el rumbo de los hogares, valores, estructuras familiares y culturales, sin discriminar en raza, cultura, nivel social, económico, ni religioso, aunque con niveles más visibles en cada uno. Los Estados Unidos y América Latina encabezan la lista, aunque en el primero disminuye ligeramente 2.3 y 2.4 por cada 1000 personas según datos oficiales.
Esto se debe al comportamiento demográfico, el retraso en la edad matrimonial y mayor educación de las parejas, pero estimaciones indican que alrededor de un tercio de estos podrían acabar rotos; incluyendo el “divorcio gris” o separaciones entre mayores de 50 años que aumenta significativamente, demostrando que las rupturas no son exclusivas de jóvenes o nuevas relaciones, sino también de viejas uniones.
Latinoamérica presenta tasas bajas comparadas con USA y países occidentales. Por ejemplo, México posee aproximadamente 1.86 divorcios por 1000 habitantes. Brasil, aunque con menos, sigue siendo significativo y mostró una ligera caída en 2024. Perú, Colombia, Venezuela y Guatemala tienen tasas entre el 1 y 1.5 por cada 1000 habitantes.
Pero República Dominicana en 2024 presentó 27,551 divorcios, frente a 46,418 matrimonios, o sea, 59 divorcios por cada 100 matrimonios, una realidad inquietante que pasa silenciosamente. Está relacionado con elementos culturales, religiosos, económicos y uniones consensuales o no formalizadas que no la reflejan un Registro Civil, pero las rupturas son reales.
Aunque tasas más bajas, no significan familias más estables, pues muchos países tienen altos niveles de uniones libres o consensuales, que no entran en la estadística al producirse la separación. Además, factores como apoyo familiar extendido, roles religiosos tradicionales e impacto económico influyen en eso.
Ambos contextos siguen siendo una ventana para entender transformaciones sociales profundas, como cambios en el rol de la mujer, movilidad económica y dinámicas familiares más complejas en escenarios urbanos y rurales. Brasil, Perú y Guatemala, reportan cifras ligeramente bajas, donde incide lo religioso y cultural, la legislación matrimonial y la estigmatización social, pues el divorcio dejó de ser una anomalía social, para convertirse en termómetro brutal de nuestras sociedades.
Estados Unidos y América Latina, aunque con ritmos distintos, transitan la misma pendiente, fragilidad del vínculo, privatización del fracaso y normalización de la ruptura como destino “inevitable”. Muchas veces, la ruptura existe sin divorcio, camuflada de “uniones informales”, separaciones de hecho y hogares fragmentados que nunca entran en el conteo, donde no hay divorcio legal, pero si abandono emocional, precariedad económica y niños criados en la ambigüedad afectiva.
En Latinoamérica es considerado “un fracaso moral”, especialmente para la mujer, empujándola a mantener vínculos rotos por presión social, dependencia económica o miedo a críticas. Dos modelos fallidos, uno normaliza la ruptura como “libertad individual”, sin medir consecuencias sociales y el otro romantiza la permanencia, aunque ya no quede respeto, cuidado, ni proyectos compartidos.
Resultados, (familias debilitadas, niños emocionalmente huérfanos y adultos exhaustos, atrapados entre la soledad y desencanto), donde no sólo colapsó la relación, sino el núcleo familiar, porque una sociedad incapaz de sostener vínculos estables tampoco sostendrá proyectos colectivos, instituciones sólidas, ni futuro compartido.
Cuando el “hasta que la muerte nos separe” se convierte en una cláusula vaga, estamos frente al derrotero moral y social, con la relación de pareja sustentada más en conveniencia e interés que por amor, mientras los divorcios se convierten ya en la peor crisis familiar.
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