El milagro venezolano

Venezuela tiene mucho petróleo. Eso lo saben todos. Lo que pocos quieren admitir es que su riqueza más profunda no está bajo la tierra, sino en la gente que camina sobre ella: ese talento extraordinario que la tiranía dispersó por el mundo, y que hoy construye hospitales en Europa, lidera empresas en Miami y funda emprendimientos en Santiago. Lo que el régimen destruyó adentro, los venezolanos lo están reconstruyendo afuera.

“Lo que el populismo quiere sepultar: el milagro venezolano lo construyó la democracia, no el petróleo.”

Y mientras eso ocurre, los voceros del madurismo insisten en hablar de “estabilización”. Cinco meses después del 3 de enero, los servicios públicos siguen colapsados, la inflación sigue siendo la más alta del mundo, y los presos políticos siguen presos — aunque ahora en lugares distintos. El Helicoide fue vaciado esta semana, pero no porque el régimen haya cedido: lo hizo de madrugada, sin avisar a las familias, sin órdenes judiciales, y los reclusos fueron enviados a otros centros con destino desconocido. Lo que algunos llamaron cierre fue denunciado por los propios familiares como una operación de ocultamiento. El edificio puede cambiar, la lógica represiva no. Una nación así no puede llamarse estable, y mucho menos feliz.

Esta semana publiqué dos reflexiones que se leen mejor juntas. La primera es sobre lo que Venezuela tiene y el régimen no puede quitarle: su gente, su formación, su resiliencia. La segunda es sobre lo que el régimen ofrece y Venezuela no puede aceptar: una parodia de normalidad mientras la represión continúa intacta. Porque esto es medular: ninguna estabilización es legítima mientras haya un preso político por pensar distinto.

Las dos lecturas están abajo. Y la conclusión es la misma: la única ruta es una elección presidencial verdaderamente libre, con condiciones, con observación, y bajo el liderazgo indiscutible de María Corina Machado.

Mucho petróleo y excelente talento humano

La paradoja de Venezuela es que su verdadera riqueza no es mineral, sino humana. Durante los años de la democracia, el Estado sembró el petróleo en universidades y becas internacionales. Hoy, la diáspora lleva ese legado por el mundo — y lo acumula para la reconstrucción.

Ni estable ni feliz

Cinco meses después del 3 de enero, el régimen sigue vendiendo una estabilización que no existe. Presos políticos trasladados en secreto, servicios públicos colapsados, periodistas perseguidos y una economía deteriorada: Venezuela no es un país normalizado, y mucho menos un país feliz.

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