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La Libertad como punto de partida

La escena de la semana nos muestra al presidente Trump con la medalla del Nobel enmarcada como obsequio de María Corina Machado. El gesto fue sencillo, pero cargado de significado: la libertad necesita aliados poderosos y compromisos explícitos.

Gesto en reconocimiento a quien nos respaldó con la contundencia de los hechos

Ese acto expresa lo que hoy siente y espera el país, como también lo reflejan las encuestas. Los venezolanos hablan con cautela —no les queda de otra—, pero también con una claridad que sorprende. El miedo sigue ahí, con nombres y expedientes, conviviendo con una esperanza lúcida. Hay una expectativa concreta de que la persecución termine, de que los presos políticos salgan todos, de que la represión deje de ser la herramienta cotidiana del poder. Y hay, también, una comprensión madura de cómo funciona el mundo. Nadie se engaña sobre la complejidad de la política internacional. Pero cuando un aliado actúa con firmeza, el venezolano lo reconoce.

Ese mismo realismo atraviesa otro debate que volvió a ocupar titulares esta semana: el del petróleo venezolano. Desde fuera, Venezuela suele leerse como un problema técnico, una industria colapsada que podría reactivarse con inversiones y tiempo. Desde dentro, la realidad es otra. La destrucción de PDVSA no fue producto de una mala racha ni de ciclos adversos. Fue una decisión política deliberada, ejecutada con purgas, saqueo y ausencia total de controles. Pensar que la recuperación puede comenzar por los barriles y no por las instituciones es desconocer lo ocurrido durante más de dos décadas. Sin reglas claras, sin justicia y sin garantías, cualquier inversión termina atrapada en el mismo pantano que hundió al país.

La esperanza de los venezolanos es volver a su patria

Y ese punto nos lleva, casi sin transición, al texto más íntimo de la semana: el de la diáspora. Más de nueve millones de venezolanos están fuera del país porque quedarse se volvió inviable. El exilio es una experiencia marcada por la pérdida, la separación y el esfuerzo por empezar de nuevo. Es miserable identificarla como identidad política. Cuando se estigmatiza a quienes migraron, se hiere a personas concretas y se borra una historia compartida. La misma España que hoy recibe a venezolanos fue, durante décadas, un país que encontró refugio y oportunidades en Venezuela. Esa memoria existe, aunque algunos prefieran ignorarla.

Todo esto forma parte de una misma conversación. La medalla, las expectativas del país, el debate petrolero y la voz de la diáspora no son temas interconectados. Hablan de una verdad que los venezolanos conocen demasiado bien: mientras la libertad no sea una realidad cotidiana, el país no podrá reconstruirse. Y mientras el país no se reconstruya, el regreso seguirá siendo una promesa pendiente.

Por eso insistimos. No por terquedad ni por retórica, sino por experiencia: la libertad es el punto de partida. Sin ella, fracasará cada intento de normalización. Con ella, incluso lo que parece imposible empieza, al menos, a tener sentido.

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