El derrocamiento de Maduro por la administración Trump, envuelve un hito peligroso para el hemisferio occidental, la forma, los motivos y las ramificaciones de la intervención explica su política exterior hacia América Latina.
En nombre de luchar contra el narcotráfico y el crimen organizado, de que Venezuela representaba un peligro por permitir la presencia de adversarios, así como por su potencial para desestabilizar la región sigue siendo cuestionada.
Nada de eso, es la Doctrina Monroe ampliada, de que USA debe impedir la influencia de potencias extranjeras en su “vecindario”. Sumemos a eso que Venezuela posee las mayores reservas petroleras del mundo y el control de estos recursos energéticos ha sido el objetivo principal del presidente estadounidense para revitalizar este sector. Pero lo geopolítico no puede faltar, buscando aislar a aliados de China, Rusia e Irán en la zona e impedir la reconfiguración de relaciones económicas e ideológicas, lo que representa una transformación radical de la política exterior del mandatario que había preferido un aislacionismo pragmático y una retórica populista, centrada en seguridad interna.
Esto contradice su filosofía de hombre de paz que ha pregonado, donde el control de recursos y la contención de adversarios globales parecen pesar más que la democracia misma.
La administración de recursos venezolanos y la manipulación de regímenes extranjeros contradicen su narrativa privilegiando el poder sobre la diplomacia tradicional. Entre sectores que priorizan seguridad, orden y control de fronteras la caída de Maduro puede verse como una victoria, mientras para liberales, moderados o aislacionistas dentro de su propio partido levanta tensiones y gobiernos que históricamente han defendido la soberanía nacional y la no intervención desde México hasta Chile han denunciado esto como una violación de la ley internacional.
Las alianzas tradicionales quedan erosionadas, con países cercanos como Colombia. Empuja a gobiernos hacia bloques alternativos de poder económicos o militares como China y Rusia, especialmente si sienten que EE. UU. irrespeta su soberanía, agudiza la crisis humanitaria en Venezuela y los flujos migratorios.
Lo cual no sólo presiona a países vecinos, sino que también alimenta debates sobre políticas migratorias dentro de Los Estados Unidos, contradiciendo la agenda Trump. El intento de integrar la industria petrolera venezolana bajo control o influencia estadounidense reconfigura los mercados energéticos regionales, dicen expertos.
No es simplemente el derrocamiento de un régimen autoritario; es lanzar una nueva etapa en la política exterior marcada por una mezcla de intervención geoestratégica, interés económico y retórica de seguridad nacional.
América Latina tendrá que reafirmar su apego a la determinación de los pueblos o plegarse a esas acciones imperiales, pues como dice el politólogo Stephen Walt, profesor de Harvard, “las intervenciones para cambiar regímenes suelen generar más inestabilidad de la que resuelven”. No es sólo el colapso de un régimen cuestionado, es la reafirmación de una lógica de que “cuando Washington decide actuar, lo hace sin pedir permiso, sin consenso regional y sin asumir consecuencias”, Guatemala en 1954, República Dominicana en 1916 y 1965, Chile en 1973, Panamá en 1989, en todos los casos actuó convencido de que el fin justificaba los medios.
La historia juzgará no sólo al régimen derrocado, también a la potencia que decidió cómo y cuándo debía caer, aunque fuera un régimen autoritario y corrupto, es un hecho incuestionable que correspondía a los venezolanos, no al poderío imperial para dejar su democracia a merced de intereses corporativos del nuevo colonialismo.
Las mismas palabras, las mismas justificaciones, las mismas mentiras recicladas para invadir a las soberanías. Venezuela se había convertido en un enclave incómodo, alineado con potencias contrarias, por eso decide intervenir primero, justificar después que “América decide qué gobiernos son legítimos, qué soberanías son respetables y cuáles no”. Trump prometió acabar con las guerras interminables, pero al parecer, nunca renunciar al intervencionismo, hacerlo rentable, rápido y políticamente útil, ahora veremos los resultados. Cada intervención fue vendida como necesaria, inevitable, salvadora y todas dejaron países fracturados, democracias mutiladas y sociedades sometidas a dictaduras e inestabilidad.
Venezuela pasa de la dictadura interna a una tutela externa con su legitimidad hi potecada por un imperio intimidante, que en lugar de miedo, radicalizará posturas, revivirá narrativas antiimperialistas y ofrece a líderes autoritarios la oportunidad para cerrar filas, militarizar el poder y reprimir disidencias.
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