
Hay viajes que dejan imágenes imborrables. Mi reciente visita al Perú es uno de ellos. Acudí atendiendo la gentil invitación de nuestra amiga de muchos años Keiko Fujimori, para participar en los actos con motivo de su toma de posesión como presidenta. Lo hice con el inmenso honor de representar a María Corina Machado y a nuestro presidente electo, Edmundo González Urrutia. Fueron jornadas cargadas de simbolismo democrático, de conversaciones sobre el porvenir de nuestras naciones y de renovadas esperanzas para quienes seguimos creyendo que la libertad siempre termina abriéndose paso.
Sin embargo, nuestros compatriotas hicieron algo admirable. En lugar de rendirse ante el dolor, lo transformaron en fuerza. En vez de dejarse vencer por la incertidumbre, decidieron reinventarse. Donde otros habrían encontrado únicamente obstáculos, ellos descubrieron caminos.
Esas experiencias existen y sería injusto ignorarlas. Pero tampoco sería justo desconocer una realidad mucho más poderosa: en la inmensa mayoría de los países que acogieron a los venezolanos ha prevalecido la solidaridad, el respeto y el reconocimiento al talento de nuestra gente. Millones de compatriotas encontraron comunidades que les abrieron las puertas y les permitieron demostrar de qué están hechos.
En el Perú encontré numerosos ejemplos de ese espíritu emprendedor. Ahí está el caso de Chamo Burger, personificado por José Miguel, joven que llegó prácticamente con “una mano delante y otra detrás” y hoy ha desarrollado una exitosa cadena de franquicias después de haber impuesto la sazón callejera de sus peculiares hamburguesas. O el extraordinario caso del restaurante Mérito, ideado por el venezolano Juan Luis Martínez, considerado entre los mejores del mundo. Alcanzar semejante reconocimiento en el Perú, referencia universal de la gastronomía, constituye una hazaña reservada para quienes combinan talento, disciplina y perseverancia. Y qué decir de “los tequeños y pastelitos” comercializados por los emprendedores Mervin, Zoeli y Wolfans, con su consumado sueño de Tentación, a través de plataformas digitales, para desembocar en la inauguración de su propia planta comercial en la zona de Chorrillos y ya suman tres locales.
Y junto a ellos florecen cientos de emprendimientos más, restaurantes de comida venezolana donde nunca faltan las arepas, las cachapas, los tequeños o la carne en vara; panaderías, cafeterías, empresas tecnológicas, academias, centros educativos para la primera infancia como esa ilusión que tiene “entre pecho y espaldas” Norka Pernalete de establecer en Barquisimeto su propio preescolar; proyectos de atención para adultos mayores, firmas de consultoría, compañías de logística y emprendimientos digitales que hoy generan empleo y riqueza allí donde se establecen.
Y junto a esos nombres conocidos existe un ejército silencioso de compatriotas cuyo éxito raras veces ocupa titulares, pero cuya contribución resulta igualmente admirable. Son miles de pequeños y medianos empresarios que comenzaron desde cero, muchas veces vendiendo una arepa, horneando pan, conduciendo un taxi, reparando teléfonos o trabajando jornadas dobles para reunir el capital con el cual levantar un negocio propio. Hoy generan empleo, pagan impuestos, contribuyen al desarrollo de los países que los recibieron y, al mismo tiempo, mantienen intacto el sueño de ver renacer a Venezuela.
Ese conocimiento representa uno de los mayores activos con que contará Venezuela cuando recuperemos nuestra democracia. Después de veintisiete años de una amarga dictadura, llegará inevitablemente la hora de reconstruir la república. Y ese inmenso desafío no recaerá únicamente sobre quienes permanecieron resistiendo dentro del país. También contará con esa formidable legión de venezolanos dispersos por el mundo que volverán llevando mucho más que sus maletas. Regresarán con experiencia internacional, con capital humano, con redes de contacto, con conocimientos técnicos, con visión empresarial y con una cultura del esfuerzo fortalecida en circunstancias extraordinariamente difíciles.
Ellos sabrán cómo organizar escuelas modernas para nuestros niños, centros de atención dignos para nuestros adultos mayores, empresas tecnológicas competitivas, proyectos turísticos capaces de mostrar al mundo nuestras playas, montañas, ríos, selvas, manglares, los Médanos de Coro, los Andes nevados, el Amazonas, los Llanos y esa biodiversidad privilegiada que Dios regaló a Venezuela.


